martes, 22 de agosto de 2017

GRIETAS

Me han salido grietas en un talón. Mi madre me ha dicho que no presto la debida atención a mis pies, que debería darme crema cada noche, masajear las durezas, ablandar la piel.
Mi madre tiene razón. Me he comprado una crema hidratante específica. Huele muy bien, me gusta masajearme con ella. Durante dos noches he masajeado mis pies.
Me gustaría saber por qué soy tan inconstante con estas cuestiones que resultan tan necesarias.
Debería buscar un tiempo al día para hidratar mi piel, la de los pies y la del resto de mi cuerpo. También tener un momento a la noche, antes de acostarme, para darme una buena crema facial nocturna. Y aplicarme unas toallitas que me recomendó mi hermana.
Tendría que encontrar más tiempo para cuidar mi cuerpo, ya que parece que se agotaron los réditos de la juventud. Necesitaría masajearme, hidratarme, hacer más deporte.
¿Y qué hay del resto?
Debiera buscar tiempo para cuidar mis amistades, como lo busco para cuidar mis plantas. Las hortensias que planté hace poco a las que dedico amorosas palabras y humedezco en el desayuno para que no se acongojen en mi balcón tal vez demasiado soleado.
Debería jugar más con mi hija.
Tiempo para ordenar los cuadernos donde voy anotando historias. Tambíen tendría que apuntar más ordenadamente esas frases que me han gustado tanto de los libros que he leído, para que no se olviden para siempre, enterradas entre cientos, miles de otras frases superpuestas, siempre un libro más, una historia más.
Quisiera tener una relación más benevolente con el tiempo.
Quisiera guardar los momentos de este verano. No las grietas, no mi negligencia.
Ya que estoy, voy a guardar aquí dos.
1.- Estoy flotando en las aguas de un lago italiano, un lago de aguas misteriosamente cálidas y dulces, con la cabeza semihundida en ellas, el sonido del mundo queda distorsionado, alejado, aumentando la altura de las montañas y el sonido gutural de mi corazón. Unas aguas verdes de las que no adivino el fondo pero no importa, no dan miedo sino placer, hundo los brazos y las piernas observando las figuras de mi marido y mi hija, muy lejos, allí afuera, al sol de la media tarde.
2.- Se para el tiempo mientras me tumbo cuidadosamente sobre la tierra, en un claro del bosque, sin nada que se interponga entre mi cuerpo y el suelo irregular. Observo el cielo y el sol que juega tras las ramas de un árbol a ser ahora un flujo de oro, ahora no, sintiendo que pequeñas criaturas van trepando por mis brazos y se enredan en mi pelo, quedándome muy quieta tratando de comprender un idioma que no hablo, o tal vez he olvidado. Sólo transcurre un minuto o dos.
Desidia para unas cosas muy necesarias.
Pero yo deseando ser morosa con esas otras no tan necesarias pero para mí como respirar.  Mis joyas que escondo en un cofre en la mesilla, cofre imaginario de momentos, diamantes que dejaré a Aitana en herencia, no las escribiré, las guardaré aquí. 

viernes, 5 de mayo de 2017

FRANCIA A LOS OJOS DE UNA EXTRANJERA




Esos pueblos donde todo es bello y cuidado, en los que hay un río, una iglesia y un bar-tabac, una tienda coqueta y un cartel que anuncia el día de mercado, y niños que van al colegio, por pequeño que sea el lugar.


Pienso que la gente que vive allí debe de ser feliz, agradable, llena de inspiración y que cuando anochece se sientan en cómodos sillones a leer frente a sus ventanas entreabiertas, y que a veces levantan la vista del libro para admirar las flores de su jardín. 

domingo, 29 de enero de 2017

Perro C

Mi segundo perro es adoptado. Con el primero, llamémosle C, la cosa fue más sencilla. Fui a la finca del criador, pagué y me lo llevé a casa.
Ahora me han hecho un test. No me preocupaba. C tiene diez años. Soy una persona equilibrada. C es equilibrado. ¿Qué podían preguntarme? Soy una curtida dueña de perro.
Entonces llegó la pregunta. ¿Cómo piensa socializar a su nuevo perro?
Me quedé en blanco. Me quedé asustada, me quedé sin respuesta.
¿Es necesario preguntar eso? ¿Es necesario que yo me lo haya preguntado?
Evidentemente no lo había hecho.
El mismo concepto de socializar me choca.
En la disyuntiva de mentir. De fingir. O ser sincera. Me jugaba a C. (vamos a llamarlo D para no confundirlo con C). Me jugaba a D.
- Le llevaré al pipican. Dejaré que establezca su propia relación con C. Dejaré que huela culos. Los que quiera. Con respeto.
Odio los pipican. Son lugares cerrados, son lugares artificiales. Puede que necesarios. Pero no para mí. No son los perros. Son los dueños los que me parecen odiosos. Sus preguntas. Sus ganas de hacer migas. Es como si el perro fuera solo una excusa. Como si lo importante fuera socializar nosotros.
Me di cuenta de que mi perro está muy mal socializado. Gruñía a los otros perros y me cansé de dar excusas, así que evitaba el pipicán cuando había gente dentro. Luego C. empezó a ver cada vez peor. Así que nos centramos en nuestros solitarios paseos.
Un día una amiga me dijo. No entiendo la vida de tu perro. Qué sentido tiene. Se pasa el día durmiendo en el sofá. No me sentó mal. Encuentro que es una pregunta muy pertinente. Me hizo reflexionar, no sólo sobre C sino sobre mí. Ambos seguimos una vida muy rutinaria. Ambos tenemos obligaciones inexcusables. Puede que tenga razón mi amiga y nuestra vida no tenga sentido.
Mi perro se tumba en el sofá.
- C, ¿eres feliz? Me miraba con sus ojos bizcos, lechosos por la edad, torciendo la cabeza en un gesto muy suyo.
Me consideraron una adoptante apta. Siento como si hubiera robado a D. Porque no sé cómo voy a socializarlo. Porque no me lo planteo, porque pienso que no es necesario planteárselo.
Se lo pregunté a mi hija única. A ella tampoco he debido de socializarla bien. Me ha salido rara. Así que es posible que todo sea culpa mía. Pero mi hija también ladeó la cabeza y me dijo, un poco para salir del paso creo yo, ¡Eres la mejor madre del mundo!
Por ahora, me basta.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Turborotonda


Me gusta conducir. Me doy cuenta que cada vez me relaja más. Cuando estoy al volante soy amable y considerada, cedo el paso, estoy atenta a las necesidades de los demás vehículos, conduzco facilitando la fluidez, la concordia. Y es que conducir es terapéutico, te une a la humanidad, te da poderes mágicos, te convierte en dios, un dios benevolente, un dios afable y bonachón, un buda motorizado.
Siento que mejoro el mundo cuando conduzco. Se hace un mundo mejor, cuando yo conduzco.
Menos cuando enfilo el carril de desahogo. Creo que tiene un nombre técnico, pero yo lo llamo así porque me parece mucho más apropiado.
Este carril tiene sus propias normas. Sus normas y su semáforo. Un semáforo todo para él. Los dos carriles adyacentes tienen un gran semáforo en rojo arriba. Pero este semáforo propio del carril de desahogo tiene una atractiva flecha verde que te abre el camino cuando otros lo tienen cerrado. Es una señal privilegiada. Augura cosas buenas. Es casi una bendición.
Pero hay gente que no es capaz de aprovechar esa oportunidad. Algo que es beneficioso para ti y que además significa cumplir escrupulosamente las normas. Algo que no hace mal a nadie.
Pero ellos se quedan. Algunos parecen dudar. Otros simplemente se quedan parados, completamente quietos.
Pienso en esa gente. Esa gente que tal vez piensa que no es posible que tengan tanta suerte, que el semáforo se les abra sólo a ellos, que han sido tan listos de elegir el carril correcto. O puede que piensen que se trata de una trampa, que si avanzan serán fotografiados y multados, o acabar siguiendo una dirección equivocada.
No hay mayor simpleza y bendición que esa flecha verde que tuerce a la derecha.
Y yo les pito. Sin piedad.

martes, 21 de junio de 2016

Londres 2015


¿Qué es lo que más recordaría del viaje?  Es curioso. La imagen que permanece es la del camarero trajeado de aquel pub del South Bank.  Sus ojos azules, su barba bien recortada, sus manos de pianista al tirar las cervezas.
El día languidecía y el sol se ponía sobre el Globe Theater que nunca pisó Shakespeare. Hacía calor, una brisa que llegaba del río con los últimos reflejos. La cerveza también estaba tibia. Habían ido a Londres para celebrar la cuarentena. Así dicho, suena a enfermedad. Y puede que lo sea. La enfermedad de las puertas cerradas. De las libretas que antes estaban en blanco y ahora en ellas se apretuja letra y recortes de periódico, entradas de conciertos, certificados médicos y administrativos.
El alcohol le soltó la lengua: Y si hablamos de nuestra amistad, sugirió, y sonó como si dijera amistad en mayúsculas. El grupo se compactó como un monstruo de feria, una especie de músicos de Bremen, y rio a coro con una sola voz. Después se animaron a hablar del pasado, les escuchó anécdotas que nunca había escuchado, o tal vez las había olvidado. En el fondo les quería, era un cariño tibio y amargo como la cerveza.
Por la noche aprovechó para observarlas desnudas. Las carnes blancas despojadas, las marcas de las medias y del sujetador. Sintió algo de vergüenza y se encerró en el baño para desvestirse.
Y empezó a pensar en ese camarero. Era delgado, calvo, les dio conversación en un inglés formal, demasiado bajo, ellas se acodaban cada vez más cerca para no perder sus palabras. El pub era oscuro a pesar de la hora y el camarero llevaba un traje de 007.
Sus amigas se habían dormido, estaban tumbadas en silencio. Intentó escuchar algo, un ronquido. Sólo algún crujido y su propia respiración.
Miró por la ventana, algo mareada. No tenía sueño. Sin pensarlo dos veces se metió en el baño y recogió la ropa que había dejado tirada en el suelo, se vistió y salió lo más sigilosa que pudo. Empezó a caminar hacia el pub. Esperaría al camarero. Se iría con él a un apartamento de la Old Compton Street, con ventanas sucias de guillotina y moqueta. Le quitaría el traje y descubriría un cuerpo lleno de tatuajes. Harían el amor sin condón. Se dejaría hacer barbaridades, le pediría que se las hiciera. Lo necesitaba, necesitaba que la mordiesen, que la pegasen, que la sodomizasen. Por alguna extraña razón ese delicado inglés parecía la persona adecuada. 
¿Qué hubieran pensado ellas? El pub estaba cerrado.
Al otro lado de la calle del hotel estaba Hyde Park. Se sentó en un banco. Había empezado a llover. Volvió la náusea y vomitó tras un arbol. Se revolvieron las ardillas y se tumbó en el césped mojado mirando a un cielo sin estrellas. Hacía mucho tiempo que no hacía eso. Sintió la humedad penetrando en su cuerpo, fría y reconstituyente, arriba solo las sombras de los árboles y las nubes. Se quedó allí, llorando, un rato demasiado largo.
Tuvo que dar un portazo porque la puerta no encajaba bien. Alicia se dio la vuelta y pudo ver su cuerpo bajo la manta, y estuvo tentada de meterse en su cama y acariciar su cadera recrecida, el pelo negro que caía sobre su cara y su hombro.
Es posible que ya fuera tarde para todo eso. En el reloj del móvil marcaban las tres y cuarenta y siete. 

martes, 31 de mayo de 2016

El gran Gatsby

Le llamaba el gran Gatsby. Hacía mucho que me había leído el libro cuando empecé a llamarle así y no recordaba los detalles de la historia de Fitzgerald, sólo la arrolladora personalidad de su protagonista. Tras romper con él la volví a leer y me sorprendió mucho haberlos relacionado.
Fui su novia durante varios años. Los mejores años de mi vida, la plenitud de mi juventud.
Nos conocimos un verano haciendo el interrail. Me fijé en sus rasgos no exageradamente bellos pero sí atractivos, potenciados por su sonrisa, esa manera franca y directa de dirigirse a uno. Mi gran Gatsby era un ser social, carismático. Hablaba a todo el mundo con una familiaridad inocente, abierta, radiante, que te hacía querer más de él, siempre estabas queriendo más de él, al menos superficialmente. Había en su persona una parte física muy importante y por eso al estar cerca de él no podías evitar tocarle, él mismo solía buscar el contacto. Una noche, en un albergue, creo que era Italia, simplemente se metió en mi litera. Sus manos estaban calientes cuando me abrazó. Puede parecer precipitado, casi no nos conocíamos, pero no lo fue en absoluto.
Ayudaba a su padre en un taller de coches. Ahora creo que en realidad no tenía ni idea de transmisiones ni aceites ni motores, pero aprendía por sí mismo de cualquier cosa y llegaba a hacerlo aceptablemente bien. No es que no fuera inteligente a un nivel teórico, le interesaban asuntos importantes, y se podía hablar con él de muchos temas.
Viajamos mucho, le encantaba irse lejos. Muchas veces íbamos con gente, pero las ocasiones que fuimos solos fueron los mejores momentos junto a él. Aún así tenía dudas sobre nuestro amor. Por un lado me sentía protegida, como una niña que se deja guiar, pero por otro sabía que él buscaba un saldo positivo en su imaginaria cuenta, el color imposible de un sueño que la realidad palidecía, y eso me daba el poder, me hacía ser la más fuerte, la más realista al menos. A veces me pongo el vídeo que montó de uno de nuestros viajes y doy al stop en un primer plano suyo para contemplar su espléndida sonrisa. Una sonrisa eléctrica, capaz de electrocutarte. Yo no aparezco en ese plano, sólo mi sombra.
Cuando estábamos en casa, cada uno en la nuestra porque no la compartimos hasta casi el final, no nos veíamos demasiado. Él siempre tenía algún proyecto entre manos, frecuentaba a mucha gente.  Pero cuando estaba con él me sentía bien, y era algo extraordinario ver juntos una película o dormir en su cama demasiado estrecha. En la intimidad era tranquilo, pacífico, casi lento. Su forma de hacer el amor siempre me sorprendía porque hubiera esperado más iniciativa, más vigor. Aunque no tenía por qué quejarme del resultado.
Alguien, un día, me advirtió que el gran Gatsby podía llegar a cansarme. Me habló de su inestabilidad oculta, del corrimiento de tierras al que tenías que someterte cuando estabas en el mismo pedazo de suelo que él habitaba. No le creí.
Y luego le dejé marchar. Muchos me lo recriminaron. Cuando observo la imagen congelada de su sonrisa les doy la razón. Si hubiésemos podido vivir siempre así, in itínere, de camino hacia algún lugar desconocido, tal vez no me hubiera importado lo demás.
No sé si me arrepiento o no, pero ayer le dije a mi marido que tenía que haberme casado con el gran Gatsby y no con él. No se sorprendió, como si no le hiciera daño, tal vez porque sabe que no es verdad, que este tipo de cosas se dicen siempre sin ser verdad, por el mero hecho de herir o autoconvencerse.

miércoles, 27 de abril de 2016

Por la noche

Esta noche mi hija me ha llamado desde su cuarto. La he encontrado acurrucada en su cama, rodeada de sus peluches, con ojos abiertos y respiración agitada. Tengo miedo mamá. Me ha dicho. Miedo a qué. Le he preguntado yo. A los monstruos que hay ahí. Señalaba a un lugar indeterminado de su cuarto. Siempre que hace eso, porque no es la primera vez, me giro hacia donde ella señala y veo algo, una sombra, una presencia, el espacio engrosado que asusta a mi hija. Le he acariciado y besado, le he contado que no hay monstruos, que no existen, y en el caso de que alguno exista ella está protegida por mi presencia y la de su padre en el cuarto de al lado, que nuestro perro duerme cerca de la puerta para que nadie pueda entrar. Me ha mirado escuchando mis palabras, fiándose de mi discurso nocturno como de un credo, he sentido la fé de mi hija en sus ojos fijos en mis labios que se movían pronunciando una letanía. Le he dado agua. Le he preguntado si quiere que deje su puerta abierta, sí, me ha dicho.
Entonces he caminado para alejarme de su cama, cruzando el umbral oscuro del recibidor, pasando de largo el espacio engrosado del terror infantil, sin mirar al monstruo, que estaba agazapado en un lugar entre la puerta y el armario, me he vuelto a meter en mi cama, que estaba caliente porque yo duermo acompañada, a salvo, y he vuelto a caer en un sueño tranquilo.